Un sábado, cualquier sábado.

Un sábado, cualquier sábado, me desperté.

Un sábado se me hizo tarde. Cualquier sábado corrí a preparar desayuno.
La greca me dio café. El microondas me dio pan.
El lavaplatos me dio agua y no le di jabón.

Un sábado tomé el morral. Cualquier sábado fui a clase.
El profesor bromeó. Yo aprendí.
La muchacha preguntó y el muchacho no dijo nada.

Un sábado escribí. Cualquier sábado saqué cuentas.
Diagramas de red. Rutas críticas.
Proyectos por hacer y proyectos hechos.

Un sábado no almorcé. Cualquier sábado se hicieron las tres.
Galletas. Chispas.
Un vaso de plástico y más café.

Un sábado descubrí. Cualquier sábado decidí ir.
Mi cámara. Mucha gente.
El cielo azul verano y el sol amarillo enero.

Un sábado retraté. Cualquier sábado rostros.
Hombre nostálgico. Mamá ocupada.
La pareja vecina y su cámara.

Un sábado escuché. Cualquier sábado aplaudí.
Jazz. Sentir.
Me encontré con música y pensé en la EMMAE.

Un sábado bailé. Cualquier sábado sola.
Ritmo. Percusión.
El pianista panameño y la pianista de Boston.

Un sábado Ruben. Cualquier sábado Blades.
Genio. Señor.
Pedro Navaja y Patria.

Un sábado la luna. Cualquier sábado hojas.
Sonríe. Caen.
Le hablo y me escucha.

Un sábado, cualquier sábado.

Inmigrante

La palabra inmigrante siempre me dejaba un sabor extraño en la boca y en la mente, si es que se puede saborear algo allí, luego de pronunciarla. Inmigrante me hacía pensar en guerras, en holocaustos, en tiempos difíciles. Inmigrante era un ajeno, un desconocido. Inmigrante.

Hace un año que no pasaba por aquí y hay razones. No es que alguien esté preguntando, tampoco que a alguien le interese, pero hay razones. Razones que quiero contar. La principal es que la ubicación de quien escribe este blog cambió y de alguna manera (de todas maneras) cambiaron sus letras y, siendo yo maniática, no podía cambiar todo sin algún orden. Así, esperando pensar en cómo organizar el antes y el después, el tiempo pasó. Mucho tiempo pasó.

En estos últimos meses he vivido tanto y tan poco que a ratos me pierdo. He visto y experimentado, he aprendido y olvidado, me he aventurado y atrevido. He sido. Soy. Y soy en otro sitio. Me mudé y tuve que adaptarme a muchas cosas, más de las que pensaba. No solamente tuve que aprender a ser independiente y vivir lejos de mi familia, no solo me adapté a un nuevo (y totalmente diferente) trabajo, sino a vivir en otro país.  Un país que no es el mío al que, por cierto, amo. Un país que me prestaron y que estoy aprendiendo a querer. Un país con el que estoy profundamente agradecida.

Salir de Venezuela había pasado muy pocas veces por mi cabeza. Casi ninguna. Siempre me ha gustado viajar y, con cada regreso, encontraba (y encuentro) nuevos motivos para atarme a mi tierra. Y los tengo. Todos. Pero un día comencé a sentir que nadaba contra corriente. Sentía que debía crecer, madurar, aprender más y sí, para esto no es necesario salir. Se hace patria en la esquina, en la cuadra del barrio, en la urbanización. Se construye país en él. Pero me sentía amarrada y condicionada por una realidad que cada día me golpeaba más fuerte. Una realidad que yo no busqué. Una realidad que me oprime y en la que no puedo ser. Por esto, cuando pasó frente a mi una oportunidad la tomé. Un panorama que no tenía nada que ver con mis planes, que al parecer estaban escritos… en arena. Pasó una oportunidad y la agarré. Por mí. Para mí.

Me fui sin avisar. Muy pocas (realmente pocas) personas se enteraron de mi partida. Y de las que se enteraron (y enteran), muchas me señalaron, me señalan y lo seguirán haciendo. Y lo entiendo. Y está bien. Mis primeros días en Panamá fueron… terribles. Me sentía infiel. Estaba traicionando a mi Venezuela. A mi terruño. A mi ciudad. A San Cristóbal. Me fui. Huí. Fui cobarde y partí cuando las cosas se tornaron difíciles ¿No se suponía que yo era luchadora? Me fui.

Los días pasaron y yo seguía siendo infiel mientras trabajaba, cobarde mientras me abría paso en un país ajeno en el que no conocía a absolutamente nadie, pusilánime mientras aprendía a llevar las cuentas, a pagar servicios, a preparar espaguetis con atún, espaguetis con salsa, espaguetis con queso, espaguetis con todo. Cambié. Crecí. Aprendí. Soy una versión mejorada de mimisma de hace unos meses. Sigo siendo un cúmulo de ensayo y error, pero cada vez con más ensayos que errores. Sigo cambiando, sigo creciendo y sigo aprendiendo.

Estando fuera de Venezuela le amo más. Y sí, esto sí es posible. Llevo mi tachiraneidad a todas partes, la gochitud pues. Sigo siendo de los andes y todo corazón. Pero desde otro sitio, y no para siempre. Estando aquí solo pienso en tomar todo lo bueno que pueda y algún día llevarlo, como agradecimiento, a mi hogar. Estando aquí no pretendo nada, la gente puede seguir señalando o felicitando, no estoy aquí por nadie. Estoy aquí por mí.

La palabra inmigrante, hoy, me recuerda alguien que lucha, alguien que busca, alguien que se hace camino, alguien que construye. Inmigrante es una realidad llena de realidades.

Inmigrante soy yo… Por ahora.

 

 

Tejiendo redes, donando ingenio.

Nunca voy a olvidar una conversación que tuve con mi papá en diciembre de 2009: él estaba impresionado por la cantidad de personas con las que me comencé a vincular a través de los medios sociales, no sólo en San Cristóbal sino también en toda Venezuela. Me preguntaba por qué era tan fácil para mi hacer amigos a través de la red y qué había en Twitter que lo hacia tan llamativo (o adictivo (?) ). Le respondí que en este medio social pude tejer redes con personas que tienen intereses, gustos, ideales, pensamientos, ocupaciones y etcétera similares a los míos, sin importar tiempo y espacio. Él, entonces, cerró la conversa con “Twitter pegó”.

Y sí, en mi vida, Twitter pegó: es un éxito de hecho. Facebook también, pero no tanto (#Chisting). He tenido increíbles experiencias gracias a estas conexiones humanas y por eso sigo buscando en los diferentes rincones del microblog espacios para juntar a mi pequeña red. Así, hace unos años, conocí a Juan Miguel Pernía (@JuanRules) quien ahora es un buen amigo y compañero de paseos fotográficos y, hace días,  me presentó a Dona un día de ingenio web, una extraordinaria iniciativa cuya finalidad es juntar tantos voluntarios como sea posible para diseñar y construir el sitio web de organizaciones o fundaciones sociales para, en un día, colaborar con la causa y, quisiera pensar, mejorar el mundo. Juan lo explica mejor: “Imaginen un Extremakeover Home Edition pero de páginas web”. Ademas, no tiene que ser usted un especialista en diseño o desarrollo web, cualquier contribución es bienvenida: dominio y alojamiento para las páginas, un espacio físico para congregar a los voluntarios, refrigerios,  transcripción de información,  fotografías, ideas, todo. Sin duda respondí afirmativamente a la gentil invitación de Juan y quedé a la espera del primer día de donación.

Pocas semanas después, conocí la Asociación Andina de Ayuda al Niño con Cáncer (ANICAN), los primeros beneficiarios de Dona un día de ingenio web. En ANICAN, una asociación sin fines de lucro, se encargan de acompañar a las familias tachirenses que tienen un niño diagnosticado con cáncer:  brindando apoyo emocional, información, orientación medica profesional y soporte en iniciativas de colaboración. Todo lo que reciben en donaciones se destina al pago de exámenes médicos, medicinas y tratamientos y ayudas económicas para cubrir traslados, hospedaje y cualquier gasto necesario durante el proceso. Desde su fundación en 2002, el trabajo que han realizado los miembros de ANICAN en la comunidad tachirense es increíble: actualmente apoyan a 110 niños junto a sus familias, haciendo un poco mas sencillo el camino hacia la cura. Una de sus fundadoras es la Dra. Angélica María Páez, médico oncólogo infantil del Hospital Central de San Cristóbal, quien vio la necesidad de establecer una organización para canalizar las necesidades de sus pacientes.

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Nos reunimos un sábado en el Hotel Moncricket, gracias a la colaboración de su dueño y, junto a miembros de ANICAN, comenzamos a crear el proyecto: tener, al final de la tarde, un portal web para la asociación. Respondieron también al llamado de Juan Miguel: Gabriella TorresEduardo BriceñoJohann MarquezMiguel Gomez, Francy Sanchez y Oliver Cera. Desde las 9 de la mañana y durante el resto del día, conversamos sobre la visión general del sitio web, nos facilitaron de ANICAN hermosas fotos, historias y testimonios de vida que nos llenaron de inspiración y ganas de aportar todo nuestro esfuerzo en esta experiencia. Y mejor que contarles qué se logró, les muestro: http://www.anican.org.ve :)

Los invito a unirse y repetir, desde su rincón en esta telaraña, ideas como la de Juan Miguel.

Sigamos tejiendo redes, donando ingenio.

De madrugada soy traficante.

Es temprano en la mañana. Son las seis, tal vez las seis y media. Me detengo un momento para pensar si realmente le necesito. Sí. Sí necesito. Luego de la ducha, el café (negro) y un zombi caminar, decido salir al frío sancristobalense (que cada día se va más rápido al salir el sol). Enciendo el auto y subo el volumen de la música para vencer la pereza y el sueño (y un poco de rabia).  Si lo recuerdo, sintonizo La Mega para escuchar a Chataing. A veces, depende del animo, río. Decido la ruta de siempre. Es más fácil en el mismo sitio, verá usted:  ir con frecuencia, saludar a su proveedor, conversar con la gente del lugar, “dejar para el jugo”, comprar otras cosas, todo contribuye con el logro del objetivo: conseguirle. Pienso cuál comentario iniciará la conversación para no parecer desesperada. Por momentos siento estrés, pero recuerdo que le necesito y bueno… paciencia (más).

Arribo al sitio. La cantidad de personas es la usual para la hora. Trato de recordar cuál frase elegí para comenzar a hablar pero la olvidé por el sueño. Sonrío y saludo. Pongo en práctica otro de los métodos: señas. Me siento entrenadora de béisbol: guiño el ojo derecho (no sé hacerlo con el izquierdo), levanto mi dedo índice sutilmente a la altura de la cadera, guiño el ojo nuevamente, sonrío, levanto el pulgar  para indicar agradecimiento y vuelvo a comenzar. Recibo como respuesta un “ya va” con gestos.  Camino, comento la noticia del día anterior, busco con la mirada al proveedor mas “pana” y le recuerdo que estoy esperando. Compro otras cosas para desviar la atención. Sigo esperando. Todavía no pago. Comienzo el ritual de señas por tercera vez y percibo afirmación. Trato de no sonreír demasiado, no quiero ser evidente.  Me entrega una bolsa de papel marrón y rápidamente la guardo en las otras bolsas de plástico. Camino rápidamente y pago mi mercancía. Me retiro.

Regreso al auto. No miro la bolsa. No sé si es buena o mala. Olvido preferencias. Hace tiempo dejé de esperar la de mejor calidad: no se consigue. Me siento agradecida, gané una pequeña batalla, lo logré. Los días en que era fácil no los recuerdo, tengo años practicando este ritual, me acostumbré. Aun hay rabia, sí, pero el conseguirle la disipa un rato. No importan muchas cosas que minutos antes importaban. No recuerdo qué dijo Chataing. Estoy más despierta y menos zombi. Estoy tranquila. Estaré tranquila por unas 24 o 48 horas más. Tengo un litro de leche. Sí. Un tonto, breve y efímero litro de leche.  En Venezuela, este hermoso territorio lleno de sabanas, llanos, montañas, desierto y todos los animales que vienen con ello, no se encuentra leche de vaca ¡De vaca! No pido de un animal en vías de extinción, o algún otro que no sea posible tener en el país. En mi Venezuela, que recibo y amo cada vez que otro no la quiere, llena de petróleo (para no perder la costumbre de decirlo y re decirlo) NO SE CONSIGUE LECHE DE VACA. Sabrá usted a quien lanzarle la culpa, ya que ese parece ser nuestro deporte nacional.

Yo, por mi parte, de madrugada soy traficante.

Aviso: ninguna gota de leche fue malgastada al escribir estas letras.

Leche Táchira

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