Es muy grande, muy pesado y no se parece a ti.

Dicen por ahí que si usted repite algo cuarenta y un días seguidos, se vuelve un hábito. Es decir: si usted va al parque metropolitano de San Cristóbal cuarenta y un tardes consecutivas a caminar y la tarde cuarenta y dos se queda viendo televisión, le hará falta. Sí: usted se acostumbró.

Los seres humanos (no sé si decir que todos los animales) somos seres bien equipados de hábitos y costumbres. Nuestra vida esta repleta de rutinas. Sí, mi estimado y estimada, lector y lectora (esta de moda, ¿no?), nuestra: su vida también. O… ¿Cuántas vías diferentes toma para ir al trabajo durante la semana? ¿varias? ¿todos los días pasa por los mismos lugares?, ¿Cuáles sitios frecuenta? ¿Dos o tres? ¿Cuáles revistas compra?, Bueno… usted puede continuar preguntándose mejor. De cualquier manera, cada día somos más y más repetitivos, con eventuales “aventuras” que buscamos para sentirnos vivos. Y, verá usted, la cosa con los hábitos, las rutinas y las costumbres es que son un arma de doble filo: por alguna extraña razón se conectan con la memoria y mientras más se repite algo en su vida, más difícil le es recordar como era la situación “antes de”, e incluso si había otra situación, otra manera, distintas vías, momentos, realidades, circunstancias.

Bueno ¿y?, ¿qué pasa?, diría un profesor muy estimado que conocí en la universidad. ¿Qué pasa? Pasa que se nos acaban las oportunidades, nos vamos desvaneciendo en ciclos: son tantos cuarenta y un días, tantas veces, que perdemos noción de quienes somos, para convertirnos en reproducciones de quienes fuimos. Nos acostumbramos al famoso “día a día” súper pirata (¡sí!, como tu película) y olvidamos pensar en qué cosas cambiaron desde la última vez. Aprender es cambiar: cuestione, conozca, aprenda de usted mismo. Mejore, cambie, enmiende su vida. No tenga miedo, no se acostumbre, no se aferre. Puede estar perdiendo las llaves a todas las puertas que esta buscando.

Comparto con ustedes una historia que me hizo pensar sobre las paredes en las que encerramos la vida, acostumbrándonos a momentos que fueron solo un instante:

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de tamaño, peso y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.

El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?

Cuando tenia cinco o seis años yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: – Si esta amaestrado, ¿por que lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvide del misterio del elefante y la estaca… y solo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mi alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño. Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó, tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía… Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal acepto su impotencia y se resignó a su destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree – pobre- que NO PUEDE. El tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.

Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…

J. Bucay

Hay hábitos buenos que hacen mejores costumbres.

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