Para usted, presidente Chávez.

Sr. Presidente Hugo Chávez.

Yo no soy oligarca. No soy desestabilizadora ni guarimbera. No pertenezco a ningún partido político. La CIA no me ha designado ninguna misión. No conozco ni soy familiar de políticos: ni de la cuarta ni de la quinta. Le doy mi palabra estimado presidente. Yo soy una joven venezolana, solo eso. Tampoco se preocupe por el tono de la carta. Prometo escribirla con amor, para ver si así, hablando con buenos sentimientos, nos entendemos.

Presidente, usted ha estado al mando de mi país desde 1999. Desde hace 11 años es quien lleva las riendas de, a mi juicio, el mejor país del mundo. En todo este tiempo han pasado muchas cosas que quisiera comentarle, pero sé de su apretada agenda, así que solo le hablare de dos.

Soy de los Andes, sí, todo corazón :). Vivo cerca de la frontera con otro país bellísimo: Colombia. Me siento venezolana, colombiana, ecuatoriana… de la tierra de Bolívar pues. Hace mucho tiempo, mis días transcurrían en hacer mis tareas, aprender en el colegio, bañarme, jugar en algún parque y algunas más arriesgadas como mirar a ambos lados antes de cruzar la calle. Luego, como dicen por allí, con la edad llegaron responsabilidades: decirle no a las drogas, no salir tan tarde de casa, no hablar con extraños y así. Las preocupaciones radicaban en cómo pedir una hora más de permiso a mis padres, buscar maneras de subir la mesada para ir algún día extra al cine y finalmente cuál carrera y universidad seleccionar para trabajar por y para mi país: cosas de adolescentes. Todos lo vivimos, ¿no? Hoy soy mujer y mis preocupaciones, Sr. presidente, no son tan sencillas. Y aquí viene mi primer punto de la carta: la seguridad de mi hermoso país. Bueno, en realidad, la INseguridad. Ahora como mujer, mi primer pensamiento al salir a la calle no es ir al cine, ni regresar algo mas tarde de una fiesta, no es caminar bajo la lluvia de la noche ni hacer ejercicio por la cuadra. Hoy mi deseo es tan solo llegar a casa.

Sí, llegar a casa. El crimen nos agobia Sr. Presidente. No lo invento, no son manipulaciones mediáticas, no me pagaron. Le escribo con el corazón en la mano. Con amor. EL CRIMEN NOS AGOBIA. Usted ha vivido situaciones con armas, y no sé si el ser militar haga que no les tenga tanto miedo, pero yo debo confesar que les tengo pánico. Me congelo. No sabe cómo me paralice el día que un niño de más o menos 14 años coloco en mi cabeza el frio cañón de un arma. Estamos en una situación muy difícil donde las armas son el pan diario de un número importante de venezolanos. Cada semana escucho disparos desde mi cuarto. Cada día hablo con alguna persona que fue víctima de un robo, secuestro, maltrato, amenazas y en el peor caso el asesinato de algún familiar. Todas las mañanas leo en los periódicos las crónicas de bancos con situaciones de rehenes, leo de sicarios y de agresiones, de secuestros y de muerte… sí, suena terrible. Lo es. Y lo peor es que solo una pequeña parte de las historias llegan a la luz pública. El robo de la bodega de la esquina, el que yo viví, el de mi amiga que perdió el carro frente a su casa,  el dinero que perdió mi tía porque un joven la asaltó en un bus… esos nadie los conoce. Y no es amarillismo ni ganas de crear caos, no Sr. presidente. Es lo que vivimos. Es lo que pasa. Ya ni siquiera es noticia un robo, una muerte. Es parte de nuestro día. En una sola semana en San Cristóbal secuestraron dos niños. Una nena de 7 años y un bebé de 4. A la nena de 7 sus captores le cortaron un dedo para dar “Fe de vida”. Un dedo Sr. presidente ¿Se imagina? Yo no quisiera pensar que eso le pase a mi sobrina ¡ni a ningún niño del mundo! Tampoco tener que hablarle de secuestro, que a sus dos añitos, algún extraño puede llevársela del preescolar como le paso al nene de 4 años. ¿Cómo le digo eso? ¿No es mejor hablarle de música, de colores, de animales, de sueños, de futuro? ¿No es mejor enseñarla a hacer patria bonita?

Quisiera, Sr. Presidente, no tener que comentar en el almuerzo con mis padres cómo mantener la calma en caso de que viva otro robo, porque aquí matan por celulares, por zapatos, hasta por tarjetas telefónicas. Aja, leyó bien. La vida cuesta 20 bolívares. ¿Pero cuánto vale un ser humano? No tiene precio. Quisiera que usted y el ministro Tarek acepten que estamos mal, pero que podemos rectificar y hacerlo bien. A mí no me molesta que mi dinero como venezolana sea utilizado para ayudar a países menos afortunados, yo entiendo que de humanos es errar y alguien no supo planificar la compra de toneladas de alimentos que luego se pudrieron vencieron (aunque hay millones de venezolanos con hambre), sé que usted quiere identificar todo pintándolo de rojo y haciendo publicidad, pero: ¿no puede un poco de ese dinero utilizarse en casa? Aquí mismito presidente, en Venezuela. ¿No podemos hacer un cambio y que sea la prioridad nacional que cada ciudadano venezolano tenga su vida asegurada? ¿Que los niños puedan salir a la calle a jugar con tranquilidad? ¿Que el preescolar no sea un sitio inseguro para los bebes? ¿Que poseer un teléfono celular, ¡unos zapatos! No sea un riesgo? Yo creo que sí presidente. Sí se puede. Pero yo sola no puedo. Ni mi familia, ni mis vecinos, ni mi estado. Necesitamos que el gobierno, las autoridades, los ministros y ministras y todos los que manejan el país nos den la mano. ¡NECESITAMOS AYUDA PRESIDENTE! ¡ESCUCHENOS! Existimos. Los venezolanos de a pie que sufrimos la inseguridad no somos políticos de turno buscando votos, no somos terroristas queriendo matarlo, no somos narcotraficantes, no somos manipuladores de medios, no somos extraterrestres. Somos gente. GENTE. Somos país, lucha, trabajo. Somos Venezuela presidente. ¿Sabe usted que la policía del Táchira no tiene armas? Es solo un ejemplo del desorden que hay producto del odio y de la separación existente entre colores políticos. ¿Por qué no puede ser usted rojo y yo azul e igual luchar de la mano por un mejor país? ¿Por qué presidente? Deme la mano, ¡vamos! Sí podemos. Yo lo sé. Le pido, Presidente Chávez, que la seguridad sea su único objetivo. Le pido, ¡le exijo! que la calidad de vida de cada venezolano sin importar raza, sexo, edad, RELIGIÓN O PARTIDO POLÍTICO, sea la meta más importante de todo su gabinete. Exijo que cada decisión tomada en materia de seguridad sea pensada como si fuese para cuidar  y defender a su familia.

Lo segundo que le quería comentar va relacionado a su actitud. Presidente: cuando no voto por usted, cuando siento que una cosa podría hacerse mejor, cuando manifiesto mi inconformidad con los presupuestos de las universidades, cuando hago críticas a las decisiones de la asamblea nacional y etcétera, no es porque lo odie y quiera ver su cabeza como trofeo. No es porque le tenga envidia, porque vea Globovisión o porque sea capitalista, hija del imperio o traidora de la patria. Todo lo contrario. Simplemente pensamos diferente. Y eso es normal, ¿no? Trate de escuchar a un salón de bachillerato ponerse de acuerdo para seleccionar el color de una franela de promoción… ¡locura total! Pero eso es vida. Debatir, escuchar, aceptar errores es vida. Ser humilde, saber bajar la cabeza, tomar responsabilidades, reconocer que somos un punto diminuto en el universo, todo eso es vida. Usted y yo somos diferentes y eso es genial. Yo puedo ayudarlo a ver cosas que no puede porque nuestras realidades son diferentes. De igual manera usted puede ayudarme. Todos podemos ayudarnos. La cuestión es que usted es el que firma. Usted es el presidente. Usted tiene como deber escucharme, a mí y a otro tanto de millones de personas. Sí, presidente, porque cuando usted toma una decisión no lo afecta solo a usted. Afecta a Venezuela y Venezuela somos todos. Soy yo, es usted, es el dueño de un canal de televisión privado y el ministro Cabello. Polar, RCTV, VTV, PDVAL, todos somos Venezuela presidente. Todos tenemos voz. Todos merecemos respeto. ¡MIRENOS! Existimos. No se tome todo personal presidente. Los gobiernos pasan, uno tras otro, y nosotros quedamos. No es capricho ni ganas de guarimbeo. Es que, cónchale, no es posible que solo por no estar de acuerdo con todo lo que usted hace somos inmediatamente expulsados y vetados. Póngase en los zapatos del que difiere y verá cómo le va mejor. Tome consejo y entenderá que no somos enemigos. Somos amigos.

Yo soy una joven venezolana. Solo eso.

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